Esos tiernos, terribles animales del cine











Recuerdo que durante mi niñez, pasaban por la tele, en las tardes películas B, del tipo “El monstruo de la laguna negra”, comedias de Abbot y Costello o musicales (amé desde entonces las piruetas de Gene Kelly y la música de Gershwin aunque entonces no conociese sus nombres). Me aterrorizaban, pero no podía dejar de ver films como The Fly (1958), basada en el cuento de Mark Gheellan y sobre invasiones de animales varios, invasiones extraterrestres y transformaciones que escapaban a la lógica y la ciencia (recuerdo una escena de una chica que se convertía en gigante y lo mismo le ocurría a un perro, con las consecuencias que ello traía, siempre a un pequeño, apacible y sencillo pueblo norteamericano que salía así de la rutina de forma inesperada y violenta). 
Había en todas esas pelis de las tardes, animales domésticos de los que forman parte del cotidiano, como gatos, perros o canarios; otros eran más exóticos (jaguares, leones, monos) y  espeluznantes (arañas, cobras u otros reptiles) incluso prehistóricos o fantásticos (simios gigantes, dragones o saurios de todo tipo, monstruos de lagunas, mutaciones varias).



Siempre estaban acechando, preparados para atacar a ingenuos seres humanos, fuesen hombres incautos o inocentes doncellas,   quienes, por extrañas razones (científicas en muchos casos, estupidez  y casualidad las más veces) rompían el orden de la civilización y todo se salía de control.  ¿Por qué recuerdo siempre los días nublados en esa etapa de mi infancia, con un televisor enorme, de esos de caja de madera y patas? Seguramente un Rogers del año 57.


Nublado estaba cuando vi The birds (1963), la versión que hace Hitchcock del cuento de Daphne Du Maurier (ya lo comenté en un post anterior) y donde no existe razón aparente por la cual las aves deciden atacar a los habitantes de un sencillo y apacible pueblo costero. En el libro, en cambio, los signos  que parecen presagiar los eventos que se sucederán,  no logran ser leídos o interpretados por los habitantes del lugar. Y quienes sí creen entender  no son escuchados (lo que se conoce como mito de Cassandra), dándonos a entender que los seres humanos hemos olvidado como se interpretan las señales de la naturaleza. Aunque vi esa película en televisión (aquel entonces en blanco y negro, lo que lo hacía todo más perturbador), después descubrí el maravilloso traje  color verde nilo de Tippi Hedren.


Estos animales,  encarnación de los temores, horrores, fobias y traumas humanos, se dedicaban a invadir a los inocentes seres humanos: ratas o arañas gigantes, un simio de más de 3 metros (King Kong), científicos que por accidente mezclan sus células con las de otros sers (The Fly, 1958). No faltan los fieles perros que acompañan o salvan a sus amos (Lassie, Rintintin, Beethoven, Jaspers, hay para todos los gustos y todas las razas) y, por supuesto están los gatos. Siempre dotados de misterio, sensualidad, oscuridad, indiferencia, crueldad, frivolidad, codicia, poderes mágicos, las emociones y rasgos que el director desee poner en ellos.  O son aparentemente tan tiernos e indefensos como el minino ("Pantera") con el que juega James Stewart en Magic Town que es del año 47 pero que tiene una temática tan inocentona que parece más antigua.


Nuevamente cito a Hitchcock,  en cuyas películas son recurrentes los felinos: desde el apodo de The cat del que no puede librarse el personaje que interpreta Cary Grant en Atrapa al ladrón (1955); gatos subiendo escaleras (Rare Window, 1954), doblando esquinas, echados en sofás junto a la prensa o sigilosos en los tejados.



Hay felinos callejeros e indefensos en La Dolce Vita (Fellini, 1961) donde Sylvia (Anita Ekberg) recoge un gatito abandonado. Un gato con poderes mágicos junto a la no menos felina Kim Novak en la comedia romántica “Bell, Book and Candle” donde encarna a una seductora bruja (recién entonces descubrí que era la precursora de Hechizada, la popular serie de los 60s, con Elizabeth Montgomery pero no tan santurrona  y tan buena chica americana  como el personaje de la tv) que se enamora de James Stewart, infinitamente más guapo y simpático que Darren, quien siempre me resultó insoportable con su manía de querer cambiar a la mujer que dice amar. Definitivamente el personaje de Stewart era  mucho menos machista que el de la serie de televisión. En esta entretenida película de fines de los años 50 aparece Jack Lemmon muy joven como el extravagante hermano de la bruja (algo así como lo que sería Tío Alfred, pero menos caricaturesco) que toca los bongoes en un bar beatnik y una despistada tía soltera (imposible olvidar a tía Clara, esta anciana con vestido negro y extravagantes sombreros sí me parecía mucho más encantadora).  También hay un  gato que se roba las miradas, apodado “Gato” en Desayuno en Tiffanys,  indefenso, anónimo, sin rumbo y sin nombre como el personaje de Audrey Hepburn. Imposible no llorar ante el abandono de “Gato” bajo la lluvia y el reencuentro Hepburn-Gato-Peppard. Inolvidable, película basada en la novela del mismo nombre del extraordinario Truman Capote, amante él también, de los gatos.




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