¿COMO SE CONSTRUYE EL IDEAL? O, POR ESO ES QUE NO ME ENAMORO
De qué actores, actrices,
cantantes o personajes nos enamoramos en nuestra adolescencia? A quiénes
admiramos, sin entender mucho a veces, pues somos muy niños, cuando vemos una
película? Qué características, actitudes, gestos, rasgos, van quedando guardados en nuestro
subconsciente, los que después buscamos en nuestra edad adulta, sea para bien o
para mal? Por ejemplo, nunca me gustó Humprey Bogart (no solo era feo sino
también violento, incluso con las mujeres). Pero sí me parecía (y hoy también)
que la sonrisa de Tyrone Power era
encantadora y si luchaba contra los malvados como en La marca del Zorro,
esa película tan entretenida que veía junto a mis hermanos, además, estábamos frente a un héroe con todo y
esos ridículos pantalones.
Dulce y romántico a más no poder era el
personaje que interpreta James Stewart en “The 7th heaven” junto a Simone Simon
(alguna vez actuó como malvado Stewart? Creo que siempre fue el chico bueno). Aunque
para los cánones de belleza de una adolescente no encaja en absoluto.
Aclaro que todos estos
actores podían considerarse ya como
“viejos” durante mi infancia y adolescencia: con un cabello perfecto, inmutable
a pesar de persecuciones o enfrentamientos a puños con el enemigo. Siempre afeitados, enfundados en sobrios trajes, con
sombreros que no se quitaban ni para comer. Podían resbalar por un roquerío o saltar
desde un vehículo en marcha y nada, ni una arruga en su camisa inmaculada. Todo
lo opuesto a la moda desaliñada y
multicolor que veía a los 6 años, cuando caminaba por las calles tomada de la
mano de mi abuelita. Y es que los hippies, los cabellos largos y las flores
estaban bien para un poster o para la música, pero no para una película
romántica o de aventuras, excepción quizás de Melody (1971), que estaba ambientada en Inglaterra y
era un film que trataba de los primeros amores infantiles y donde actuaban Mark Lester, Jack Wilde y Tracy Hide y todo
era muy Mary Quant.
En su mayoría eran tipos grandes,
que lucían muy mayores, porque para las generaciones de entre, pre y post
guerra era necesario crecer pronto y eran los adultos los que iban
mayoritariamente al cine. Los niños y los adolescentes no estaban de moda por
aquel entonces y no se descubría su potencial consumidor, de máquinas
deseantes. Sería después que irían perfilándose diversos públicos y la
industria del cine creó productos para cada segmento.
Pero el cine de la “Edad de oro”
nos mostraba otra forma de belleza y el señor Hitchcock no escapó a los
requerimientos de la industria y los productores de Hollywood: realizó cuatro
películas protagonizadas por James Stewart, no sé si decantarme por Vértigo (1958) junto a Kim Novak o por Rear Window (1954) con Grace Kelly en el rol coprotagónico y un
desfile de vestidos maravillosos diseñados por Edith Head. Si en la primera película se hace realidad
aquel sueño de muchos hombres de otras generaciones: enamorar a la chica para
después desear cambiarla, convertirla en otra, en la imagen de lo que se espera
aún a costa de despersonalizarla y convertirla en un objeto; en la siguiente
vemos a un ocioso voyerista, mirando por el teleobjetivo de su cámara la vida
que se desarrolla en los edificios vecinos. Así, descubre que el mundo cabe en
su ventana y oculta, hasta un asesino. Las otras dos que protagonizó fueron The rope (1948) la primera vez que la
vi me pareció que era más moderna, por la puesta en escena y es que Hitchcock
siempre fue, como todo genio, un adelantado a su tiempo. El hombre que sabía demasiado (1954, con Doris Day) es un remake de la
realizada por el cineasta en su época inglesa, año 34 si no me equivoco con un
Peter Lorre siempre impresionante en sus actuaciones, con sus ojos saltones y
un sempiterno cigarrillo. Era un perfecto malvado y los chicos buenos,
perfectamente olvidables.
En cuatro películas dirigió a
Cary Grant, sin duda actor de moda pero también versátil: vividor,
despreocupado en Sospecha (1941) y
esposo de la atemorizada Joan Fontaine; en Notorius
(1946) es un agente secreto encargado de vigilar a Ingrid Bergman; un
ladrón redimido intentando mostrar su inocencia a una Grace Kelly deseosa de
emociones en Catch the thief (1956), mientras que en North by Northwest (1959) - suspenso
puro - es confundido con un agente secreto. Resulta increíble verlo ahora, con
esa elegancia tan natural que lo caracterizaba hasta para trepar un tejado, huir
de una avioneta o subir una escalera con un vaso de leche en la mano.
Sin embargo la película que me resulta inolvidable fue la
comedia romántica Algo para recordar (1957) con Debora Kerr y dirigida ´por Leo Mac
Carey. Cada vez que la veo lloro con la música (nominado al Oscar ese año) y las últimas
escenas. Antes (1939, Irenne DUnn y Charles Boyer) y después (Tom Hanks y Meg
Ryan en los 90s) se han hecho versiones de esta historia pero ninguna se
compara, a mi juicio con la que protagonizaron Cary Grant y Debora Kerr.
Definitivamente, en el siglo XX
el cine fue el culpable de esa visión idealizada del amor, como culpable fue
Jane Austin en el siglo XIX.




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