EL CINE DE MI SUBCONSCIENTE: Rebecca





Del cine como diversión, que es como se suele acercar, pasé a la etapa en que se revisan datos de la filmografía, se descubren anécdotas en torno a una película, sus actores protagónicos, la fotografía o la banda sonora. Posteriormente, entré en un período de estudio y de obsesión por ver todo lo que encontrara acerca de Alfred Hitchcock y a partir de ahí empecé a conectar con otras historias vistas en la pantalla hace años. Hoy quiero escribir sobre todo aquello, sobre ese cine que estaba en mi subconsciente y que sale a la luz, como en las terapias.

Esto fue lo que encontré en mis exploraciones.
Sueños, encontré sueños perdidos, anoche soñé que volvía a Manderley, todo en ruinas, como nos sucede a veces cuando soñamos, entramos volando a ras del suelo a lo que fuera hogar y se encuentra todo vacío. Se abren las puertas a lo misterioso, ese era nuestro hogar pero ya nunca más volveremos a verlo porque el tiempo lo ha consumido. Quizás por eso, entre muchas otras cosas amo “Rebecca” (1940) la primera filmada en EE.UU cuando Hitchcock emigrara desde Inglaterra. Joan Fontaine, Laurence Olivier los recién casados llenos de distancias, inseguridades y recuerdos tormentosos con Nigel Bruce (Giles Lacey) y George Sanders (Jack Favell) aportando el humor  y la sencillez del caballero rural el primero;  ironía, arribismo y hasta  cinismo el segundo. A Sanders me referiré en un siguiente post. Y claro, la inolvidable Mrs. Danvers, la fantasmal ama de llaves que mantiene vivo el recuerdo de la difunta sra. De Winter,  interpretada por Judith Anderson.

Había visto la película en mi primera infancia y no entendía por qué me causó tanta impresión en aquel tiempo, pues recordaba vagamente la trama. Volví a verla décadas después y ahí entendí, cuánto puede influir en la impresionable mente de una niña de 7 años la forma de entender como normales, románticas y hasta ideales  las relaciones amorosas mostradas por el cine de los años 40.  Todo un peligro, más aún si lo hace Alfred Hitchcock, pero en aquel entonces no lo conocía. Retorcimiento y tortuosidad de la que no siempre podemos escapar, así como a algunos eventos del pasado.

Hace poco leí la novela de Daphne Du Maurier en que se inspirara Hitchcock. Su perspectiva femenina, algo de folletín, erotismo y violencia que el director (aunque también  en gran medida David O. Zelnick, el productor) llevó por otros derroteros no menos tormentosos los que incluyeron sortear la censura de entonces. Amé aún más su banda sonora (Franz Waxmann), la fotografía de Georges Barnes  y, por supuesto a Joan Fontaine, como un pajarito temeroso e inseguro- la cámara alejándose  y mostrándola insignificante en los imponentes escenarios o en primeros planos de su rostro  para enfatizar la intensidad de las emociones- con chalecos de punto (llamados “rebeca” en honor a la película) perdida en los pasillos del imponente




Manderley y centrando su vida (como la mayoría entonces) en torno a Max De Winter y un frágil matrimonio. Desde que me reencontré con este film lo he visto una y otra vez, de manera casi obsesiva. Como el retorno a las novelas de las hermanas Brönte, especialmente Cumbres Borrascosas, en sus distintas versiones cinematográficas de las que comentaré más adelante.


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